martes 19 de mayo de 2009

EL IRIS DE LA INOCENCIA

Así era. Su hermoso pelo rubio, largo y rizado, sus ojos color miel de mirada dulce. Su vestido rosa. Desde que la conozco (desde que nació) obtuvo toda la atención. Incluso antes de su nacimiento recuerdo a mi madre viendo telenovelas y llorando mientras le tejía suéteres diminutos, colchitas, que inundaban la casa de matices rosados. Yo jugaba con mis cochecitos, o mis dinosaurios, pronunciaba las palabras lo mejor que podía, cantaba canciones que me habían enseñado en el kinder, hasta sabía escribir mi nombre, pero no lograba que mi madre me mirara como cuando se refería a la llegada de la niña. Y si antes de su nacimiento todo giraba alrededor de ella, una vez que estuvo fuera del vientre materno, nada volvería a ser igual. No había marcha atrás. Ella era el centro.
Sus primeros años de vida los tengo almacenados como recuerdos borrosos. Lloraba mucho, la familia permanecía en constante alerta con sus demandas, mientras que a mí me dejaban ver mucha televisión y eso sí, me daban un manazo si intentaba tocarla, decían que la pellizcaba aunque de eso no me acuerdo bien. Mi memoria más nítida sobre la niña rosa, empieza cuando ella tenía unos cuatro años y yo ya iba para siete. Teníamos un gato, “Pelusita” al que yo quería mucho porque era mi compañero de juegos. Pero a la niña de rosa no le gustaba, lo perseguía y lo intentaba pintar con un plumón -rosa, por supuesto-. Un día regresé de la escuela, ella salía una hora antes. Como siempre que volvía, lo primero que hacía era buscar a “Pelusita”, comencé a decir su nombre sin obtener respuesta, empecé a gritar: “Pelusita, Pelusita” y mi madre salió a mi encuentro. “Lo siento, Tomás, Pelusita ha sufrido un accidente, ha caído en la alberquita de Tania, ha sido un accidente, hijo, Pelusita está en el cielo de los gatos”. El dolor que me producía la muerte del gato no era comparable al miedo que experimenté cuando vi brillar los ojos miel de la niña de rosa.
Cuando Tania entró en la primaria, íbamos juntos a la escuela. Ella era más pequeña y yo no quería que jugara con mis amigos, las niñas no juegan al fútbol, pero Tania no era como las demás niñas. Lloraba en el recreo, me perseguía y muchas veces, mis amigos no me invitaban a los partidos para no verla. Yo no sabía como manejar la situación, en cambio ella lo controlaba todo en su mundo de recreo. Se sentaba con sus amiguitas, compartían el almuerzo y las obligaba a regalarle dulces, haciéndolas girar alrededor de su eje. A mí no me dejaba ni acercarme si ella no quería, pero la cosa es que yo tampoco quería estar con ella, sólo la observaba: su aire dictatorial, su manera sutil de dar órdenes, producían un hechizo que viajaba a través de su mirada, de su sonrisa. Las niñas la querían y nadie parecía darse cuenta de que cedía a sus caprichos. Ni hablar de la casa, mi padre era una marioneta entre sus dedos, un esclavo de su sonrisa, de las coletas en las que recogía su pelo dorado, de sus vestidos cursis de holanes y listones. Yo era como un ser invisible al que sólo se le exigían buenas calificaciones, que viera televisión en silencio y que nunca se olvidara de hacer la tarea. Ella en cambio corría por la casa, saltaba sobre las camas, comía dulces antes de la cena, se llenaba de galletas, pero nadie parecía percatarse. Ella hacía lo que quería, mientras yo cumplía las reglas. Y eso no fue más que el principio.
Un día mis padres nos dejaron con la abuela, no veía muy bien así que teníamos que obedecerla, era mayor y no podía desgañitarse a gritos por algo que no hacíamos bien. Yo lo entendía a la perfección, “la abuela es mayor, nos hace el favor de cuidarlos, hay que respetarla”. Yo lo tenía claro, pero a Tania parecía no importarle las reglas. Aquella noche de sábado fue catastrófica, la abuela nos había hecho de cenar un pescado frito, eso no nos parecía muy bien porque nos gustaba comer pizza los sábados, pero la abuela se preocupaba demasiado por la alimentación. Tania no quería, empezó a llorar, tiró la comida al suelo, la abuela intentaba calmarla, la obligaba a recoger el pescado del suelo, Tania la miró con ese brillo en los ojos, “le voy a decir a tus papás”, Tania le arrebató los lentes de la cara, la abuela no veía bien, Tania empezó a correr, se llevaba sus lentes, la abuela me mandó a dormir. No supe nada más, cuando a mí me dan una orden la cumplo, dormí pensando en que mis padres volverían en la madrugada, esta vez alguien iba a acusar a Tania, alguien les abriría los ojos y por fin la iban a regañar. No sé a qué hora me levanté, pero sí sé que fue porque escuché llorar a mi madre. Bajé las escaleras. Mi padre sujetaba en brazos a Tania, estaba también mi tía, “¿qué sucede?”. Mi tía se acercó a mí, “Tomás, tu abuelita sufrió un accidente, está en el cielo”. “¿Un accidente?”, “al parecer, extravió sus lentes, ya sabes que la abuela no veía bien, rodó por las escaleras, ya sabes que era muy mayor”. Mi padre permanecía de espaldas a mí, colocándome en la posición única capaz de percibir ese brillo en los ojos de la niña rosa.
A partir de entonces, intenté por todos los medios distanciarme de ella. En la escuela, me quedaba muchas veces en el interior del salón para no encontrarla en el patrio. En la casa, me encerraba en mi habitación para que no me presionara a jugar con sus muñecas, convivía con ella lo menos posible. Por eso empezó a culparme de todo, quizá también por la dificultad que encontró para encubrir sus travesuras, ahora hacía que todo pareciera mi culpa, mis padres me regañaban todos los días: porque “tiré” el jugo en la alfombra nueva, porque “rompí” la lámpara que era de la abuela, porque “abrí” el helado a una hora indebida… y un millón de cosas que en el contexto del mundo rosa de Tania, eran casi absurdas. Por eso comenzó a pegarse en la cara, a rasguñarse el brazo, a morderse la rodilla. “Tomás, no sabemos qué hacer contigo, no es posible que trates así a la nena, es tu hermana, tu hermana pequeña y la tienes que cuidar”. Pero Tania no habría de detenerse, hasta que mis padres me enviaron a un internado, con reglas estrictas, “un profesional tiene que atenderte”, “¡pero yo no quiero irme de casa!, ¡no me lleven, por favor!, ¡yo no he hecho nada!”. Todo era inútil, la pequeña niña rosa, de rostro angelical, lo había decidido, yo tenía que salir de su vida, porque yo sabía quien era ella realmente.

Fuera de casa vi pasar quince años de mi vida. Al principio esperaba con ilusión las vacaciones, pero de sólo pensar en la intensidad de la mirada de Tania, en la perversidad escondida tras el mundo rosa, el pelo rubio, las muñecas y las caras de fingida inocencia, me orillaron a desaparecer cada día más. Saliendo del internado, me fui a la universidad, me tracé un plan de vida donde sólo quedaba tiempo para el contacto cibernético, el e-mail con mi padre, las llamadas por teléfono con mi madre y muy pocas veces preguntaba por aquella bestia encarnada en la muñeca Barbie.
En cuanto terminé la carrera de ingeniería, me busqué un trabajo y me mudé a un departamento con mi novia. Mientras estaba trabajando en la computadora, elaborando unos planos, me llegó un correo electrónico: era de Tania, mis padres habían muerto. ¡No! ¿Un accidente de auto? Creí que ellos serían intocables para la bestia.
Saqué mi boleto de avión con urgencia por Internet, incluso imprimí el pase de abordar para salir lo antes posible. Me despedí de mi novia, fui directo al aeropuerto, atónito, ensimismado, casi sin derramar una lágrima. “Ya eran mayores”, me consolaba, pero hasta el momento no habían reportado problemas graves de salud, y terminar en un accidente de coche, me parecía tan terrible, tan terrible como encontrarme con el diablo vestido de rosa.
Mi casa, ¿cuánto hacía que no pasaba por el umbral de la puerta de madera? Por un momento soy preso de una rara sensación de que nada de lo que podía observar me resultaba entrañable. La primera en salir a mi encuentro, mi tía llorando, “Tomás, hijo, ¡qué terrible lo que les ha sucedido a tus padres! La vida la tenemos prestada, querido mío, qué lástima que sólo volvamos a vernos por las circunstancias, qué horror debe ser para ti no haberte despedido de ellos”. Y a lo lejos, ahí estaba, Tania vestida de negro. Tania sin el cabello rubio, largo y ensortijado, Tania teñida de castaño oscuro. Tania llorando, fingiendo, como era su costumbre. “Hermano, ¡por fin!” ¿Hermano? ¡Vaya!, por su causa tuve que alejarme de mis padres, y ella se alegraba de verme. A pesar del cambio físico, seguía teniendo esos ojos que harían caer a cualquiera, ese encanto natural que domina a quienes se le acercan. Ya me había cansado, mis padres muertos, ¿yo sería el siguiente? Creo que era el momento de desenmascarar al demonio.
Después del entierro, nos quedamos mi tía, Tania y yo. La amable señora se subió a descansar, dejándome solo con la bestia. La invité a caminar, a dar un paseo. Le pregunté detalles sobre el accidente, nada, un coche de frente, un día antes papá había ido al mecánico, no tenía porqué, y sin embargo, no logró frenar a tiempo.
- Tania, no estoy convencido de que sea un accidente.
- ¿De qué hablas, Tomás?
- Estoy cansado de ti, aún no había superado lo de Pelusita cuando pasó lo de la abuela. Menos mal que me dejaste vivir, siempre y cuando no te estorbara ¿no?
- ¿Qué te pasa? ¡Estás loco! Lo que pasa es que siempre has estado celoso de mí, y yo, yo siempre te he querido.
- Pero nunca creí que acabarías con mis padres…
- Tomás, no sé qué te sucede, pero si sigues hablándome así, llamaré a la policía.
- Eso, llama a la policía para que yo les cuente, les diga quien eres.
- Estás aturdido por la muerte de nuestros padres, será mejor que regresemos a la casa.

El brillo en sus ojos al que tanto temía hacía su aparición, ella podría hacer que todo el mundo confiara en sus palabras, ella podría hacer que me vieran como un loco, que me encerraran incluso en un manicomio.
De regreso en la casa, la tía había preparado la cena. Nos sentamos los tres, casi en silencio, sólo la amable señora interrumpía la tensa calma con comentarios vanos, con recuerdos de nuestros padres en señal de apoyo. “La casa para la niña, tú como sea ya hiciste tu vida, el coche también, todo, no podemos dejarla desprotegida”. En cuanto amaneciera yo tomaría el avión de regreso, mi novia me estaría esperando. Todos nos fuimos a dormir. Un insomnio me invadía de pronto, creía entender su plan. Me levanté, mis ojos en medio de la oscuridad la observaban dormir, todo el odio en mis manos, todo el odio que no escucha súplicas, sólo deseo evitarle un mal al mundo, sus ojos no volverán a mirar a nadie con ese brillo, que tanto me asusta.

viernes 8 de mayo de 2009

BENALMÁDENA

Después del accidente lo único que se comunican son mis pensamientos. Me he vuelto una observadora ante la imposibilidad del lenguaje. Al principio, no recordaba nada. Desperté en una cama de hospital después de dos meses en coma. Poco a poco, los recuerdos fueron poblando mi mente. Me había casado hacía diez años, teníamos dos hijos: Iván y María, una vida normal, nada fuera de lo común. Un día, José, mi esposo y yo, íbamos rumbo a Málaga (vivíamos en Burgos) y tuvimos un estruendoso accidente en la carretera que me dejó inconsciente por tanto tiempo. Apenas desperté me di cuenta de que no podía hablar y que la movilidad de mi cuerpo era casi nula. El frío cuarto de hospital se acompañaba de la ausencia de mi marido y de mis hijos. Las únicas al pie de la cama eran mi madre y mi hermana menor. No lograba pronunciar una palabra que me permitiera averiguar el paradero de mi familia, ni siquiera el día en que salí del hospital y no fueron a buscarme. Otra vez mi hermana y mi madre. Me subieron con esfuerzos al coche y nos fuimos a su chalet en Benalmádena, Arroyo de la miel, número 45. Quizá el médico habrá recomendado el clima de playa.

Nadie ha venido a visitarme. Todas las mañanas mi hermana me saca de la cama, me mete en la ducha, me pone ropa limpia y me saca al jardín de la parte trasera del chalet. Me sienta en una mecedora, tiene que ayudarme a hacer todas las cosas, puedo moverme muy poco, incluso llevo una sonda que mi hermana limpia por las noches. A mediodía comemos las tres, a mí me dan purés de verdura, no puedo masticar. Mi madre a veces también los come, se ve fuerte pero ella asegura que está enferma. Es Angelines quien se encarga de todo, ella con sus hermosos ojos verdes, su esbelto cuerpo y sus treinta y seis años, dedicando su vida al cuidado de mi madre y de mí.
Al paso de los días, voy recuperando claridad en la conciencia. Cuando salí del hospital era como si todo alrededor estuviera cubierto por una bruma y como si antes de dormir, lo único que tuviera fueran imágenes a punto de desvanecerse. De todas formas, todos los días, Angelines me da unas medicinas que me regresan a mi estado casi vegetal, lo sé porque por las mañanas, apenas despierto me siento mejor que al atardecer cuando tomo la medicación. Lo que sí notaba era un poquito más de fuerza, tanto que hoy no tenía ganas de sentarme en aquella mecedora. Como no puedo hablar, traté de hacerle saber a Angelines mi deseo de permanecer en el sillón con gemidos que es lo único que sale de mi boca y un poco de resistencia con los brazos indicando otra dirección. Me abofeteó, “te toca la mecedora, hermanita”.
A la hora de comer, como siempre, mi madre no hacía más que quejarse, le dolía la rodilla, el pie, tenía sobrepeso, el estómago, aunque hoy sí la notaba más pálida que de costumbre. Angelines le pedía que comiera su sopa, pasó toda la mañana haciéndola para ella. “Mi niña, mi niña que cuida de su madre, aquí encerrada con dos enfermas, así nunca vas a encontrar novio, se te va a pasar el arroz”. La mirada de mi hermana se trasformaba ante esos comentarios, noté su pie debajo de la mesa sobre el mío, era como si la aliviara lastimarme.
Tal vez mi hermana no quería novio. Hace años, -no estoy segura de cuántos pero ya habían nacido mis dos hijos-, estuvo a punto de casarse. Después de un largo noviazgo, Francis le pidió matrimonio. Compraron un piso en Torremolinos, ella había elegido un hermoso vestido de novia que cada semana se probaba una y otra vez para que le hicieran los arreglos pertinentes. Yo estaba en casa de mi madre de vacaciones, era verano y quería ayudar a mi hermana menor en los preparativos de su boda y que mis hijos aprovecharan a pasar tiempo con los abuelos (en ese tiempo vivía mi padre) y pudieran ir a la playa. Faltaba un mes para el diez de agosto, fecha de mucho calor que haría posible su ilusión de una fiesta frente al mar, ya tenía apartado el lugar desde hacía seis meses. Un día en que se fue a repartir invitaciones, decidió pasar a ver su piso nuevo, había comprado cortinas, le había costado encontrarlas porque las quería a juego con los sillones. Por fin, las cortinas perfectas, en el salón perfecto, del piso perfecto. Metió su llave y notó que sólo tenía una vuelta (solía dejar cerrado con dos). Y ahí estaban, Francis y Mercedes, su mejor amiga, en la cama, retozando. Recuerdo que la consideré una mujer muy valiente. Cuando llegó y nos contó, no derramó ni una sola lágrima, mi madre y yo parecíamos más desconcertadas. Canceló todo de tajo, él incluso suplicó el perdón sin obtener ni una mirada de compasión. No volvimos a saber de él, ni de Mercedes. Desde entonces, no ha habido ningún hombre en su vida, ni tampoco ha vuelto a tener amigas.
Aún no tenía la suficiente fuerza en los dedos como para escribir, al menos unas líneas que me permitieran preguntar por mi familia. Ni mi madre, ni mi hermana hablan de mi esposo, y sobre todo, de mis hijos. No sé cuánto tiempo ha pasado. Recupero la conciencia sólo a ratos porque esas medicinas son muy fuertes, quiero dejar de tomarlas, pero Angelines no me lo permite, me obliga a tragarlas, me viste de mala gana, ya no me ducha todos los días, y por las noches, casi me arranca la sonda, no sé si se da cuenta de que me duele. Hoy por la tarde, mientras mi hermana nos permite ver a mi madre y a mí, una telenovela latinoamericana que nos gusta mucho, la vi de reojo en su habitación. Es de los pocos momentos en el día en que nos deja solas. Estaba viendo fotos, estoy casi segura de que es el álbum que tenía de su novio antes del casamiento frustrado. También tenía frente a ella el vestido de novia, perfectamente doblado, lo acariciaba, creí ver una lágrima, pero de eso no estoy segura. Angelines se dio cuenta de que yo la miraba. Sus ojos se llenaron de odio, fue hacía mí y me dio la medicina, todavía no es la hora porque siempre la tomo después de la telenovela, ¿dónde están mis hijos?

El piso que Angelines y Francis habían comprado para la boda se vendió y repartieron el dinero en partes iguales, dinero justo para dar el enganche de otro. Mi hermana había pensado en mudarse de casa de mis padres, cuando él cayó gravemente enfermo. Angelines es la hermana menor de cuatro hermanos. Yo soy la mayor, luego Pedro y Javi. Los tres estábamos casados así que ella fue quien acompañó a mi padre en todo momento porque a mi madre y a sus achaques se les dificultaba hacerse cargo de mi padre enfermo. Los demás ni siquiera vivíamos cerca, pero el día del velorio, mi madre nos contó que Angelines había estado a su lado hasta el último minuto. Había agonizado en el hospital y mi madre no había llegado a tiempo. Antes éramos mucho más unidos, todo giraba alrededor de mi padre. Con su ausencia, lo que predominaba eran las quejas de mi madre. Mis hermanos definitivamente perdieron el contacto, ni siquiera yo sabía de ellos, ahora mucho menos, no creo que estén enterados de mi accidente, ¡cómo quisiera preguntar por ellos!

Es la hora de la mecedora, mi madre está acostada, creo que esta vez no se siente bien. Suena el teléfono, por un momento pierdo la atención. Angelines llega con la medicina, me obliga a tomarla. La dosis debe ser más fuerte de lo común, y administrada a deshoras debe ponderar su efecto, porque no me permite quedarme sentada. De regreso a la cama. Casi entre sueños, oigo que tocan la puerta. Angelines por supuesto es quien se encarga de abrir, casi nadie toca la puerta en esta casa. Sigo incomunicada, no veo mejoría en mis movimientos, estoy a punto de quedarme dormida. Hago un esfuerzo, es la voz de Iván, sí reconozco también la voz de María, ¡mis hijos!, ¡aquí estoy! Entran en la habitación. No sé qué aspecto tengo pero ambos se quedan estupefactos. La ansiedad me corroe ante mi imposibilidad de tocarlos, de abrazarlos, de irme con ellos. “Les dije que su madre es casi un vegetal, es mejor que se quede aquí, vosotros no podréis con esto”. Se acercan a mí como quien abre el féretro y se despide de un cadáver. Me besan en señal de adiós. Los veo partir sin poder hacer nada. Silencio. La puerta se cierra. Angelines. La miro con desesperación, con súplica, con lágrimas. ¡Mis hijos, por el amor de dios! ¡Maldito cuerpo que no me responde! La burla a través de su sonrisa que me humilla. “Eres una inválida, ¿de verdad quieres que tus hijos carguen contigo?, eso no es amor de madre, déjalos seguir con sus vidas. José no quiso ni venir, acéptalo, somos lo único que tienes”. ¡Qué sabrá ella de amor de madre, si su invalidez está en el vientre que no ha sido ocupado!
Ni siquiera puedo concentrarme en la telenovela. Mi madre en cambio ha salido de su habitación para verla. Siempre me pareció una mujer muy fuerte físicamente, robusta, doña Maruja, aunque su manera de manipularnos era a través de malestares que desde niña, me parecieron inventados. Se veía tan sana, comía tan bien que era difícil imaginar “lo enferma que estaba”. Hasta ahora. Hoy la vi en el sillón haciendo un esfuerzo por estar sentada, cada vez más pálida. Parece olvidarse de mis hermanos, de sus nietos, incluso de mí aunque esté a su lado. No hace más que agradecer a dios y al mundo que Angelines esté ahí para cuidarla. “Le voy a dejar todo lo que tengo a mi Angelines, la casa, los ahorros de tu padre, ella ha sacrificado todo por nosotros. Así me quedo tranquila, pues cuando yo me muera, sé que mi niña no te va a dejar, Maru”. ¿Cuándo tú te mueras, madre? Que esta mujer deje de existir ni siquiera lo tenía contemplado. Cuando tú te mueras, madre, yo estaré perdida.
Otra vez tocaron hoy la puerta, es más temprano porque aún estoy en la cama. Sólo distingo la voz de Angelines, recibió algo del correo. A la hora de comer, mientras estábamos las tres, mi hermana le dijo a mi madre:
- Maru tiene que firmarme estos papeles.
- ¿Ya le van a dar el dinero?
- Ella no está en condiciones de administrar el dinero de su accidente. El abogado dice que tú seas su albacea.
- No hijita, yo no me siento bien, será mejor que tú te hagas cargo. Maru, firma los papeles que te dé tu hermana.
Empecé a escupir el puré, a dar gemidos, a mover lo poco que podía de mi cuerpo para mostrar mi desacuerdo. No sabía que recibiría dinero, ¿y mis hijos? ¿Por qué no son ellos y mi esposo quienes se encargan de mí? Angelines se acercó a mí intentando calmarme, la furia me permitía moverme con un poco de más fuerza. Me abofeteó.
- Madre, lo hago por su bien.
- Sí, no te preocupes, Maru cálmate, tu hermana y yo somos las únicas que vemos por ti, José y los niños te han abandonado, ¿no te das cuenta?
- Yo creo que no se da cuenta, mama. Recuerda que no quedó bien de la cabeza después del accidente.
Sólo yo parecía percatarme de lo irónico de sus palabras. Me obligó a firmar, por supuesto. La impotencia de la incomunicación me hacía añorar sólo la idea de poder caminar, ducharme, cocinar, cantar mientras barría la casa, y por encima de cualquier recuerdo, la sensación del abrazo, el abrazo de mi esposo, el abrazo de mis hijos. Ahora no tengo nada y observo cada día con desesperación el deterioro de mi madre.

Por fin me ha duchado Angelines, no sé cuánto tiempo llevaba sin asearme, pero mi propio olor me causaba náuseas. En lugar de sacarme a la mecedora, me deja en el salón. Tocan la puerta (¿serán mis hijos?) esta vez los pasos de mi hermana se acercan a mí acompañados. Es el doctor. ¡Cómo no puedo decirle todo lo que me pasa!
- No entiendo como tu hermana no ha mejorado nada.
- Ya ve doctor, nosotras tampoco, si la cuidamos tan bien.
- Eso me queda claro, hija, de verdad que eres un ángel.
- Mi madre está en su cuarto, no ha podido levantarse.
- Es una pena lo mal que está Maruja, tu madre siempre había gozado de buena salud.
- Ella siempre se siente mal.
- Los análisis revelaban lo contrario, sin embargo, esta vez sí estoy algo preocupado. Vamos a verla.
No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero sé que el médico estuvo un buen rato auscultando a mi madre. Hoy no se levantó a comer, Angelines le llevó su sopa en una bandeja, ¿su sopa? La enfermedad, la falta de movimiento, la ociosidad, las medicinas… podrían ser tantas cosas, pero aunque mi madre es mayor, la había visto mucho mejor y el deterioro físico se ha producido en ella como una avalancha. Desconfío de Angelines. Me lleva a dormir y la miro con odio. “¿Por qué me ves así, hermana? Si no fuera por mí, estarías internada en algún psiquiátrico, porque tú no estás bien de la cabeza, no sólo eres inválida del cuerpo. De qué te sirvió ser madre, si tus hijitos te han dejado a tu suerte.” El ángel demoniaco sabe que lo he descubierto.

Después de no sé cuántos días sin levantarse, mi madre ha hecho un esfuerzo porque hoy es el cumpleaños número treinta y siete de Angelines. Comeremos un puré de berenjenas que casi nunca hace, y habrá una tarta suave para que podamos masticarla. Las veo reír con complicidad, por un momento, me percato del cariño que le tengo a mi madre, por un momento, Angelines despierta en mí la compasión de pensar que sus años de juventud se los ha carcomido la enfermedad de los otros.
- Ay hijita, lo único que siento es que a estas alturas, seguro que ya no encuentras marido y cada día que pasa, es menos probable que le des hijos a un hombre, así nadie quiere a las mujeres.
- Come más sopita, mama, la hice especialmente para ti. Y tú también, Maru, que estamos de fiesta.
Hoy conseguí esconderme las pastillas debajo de la lengua. Ahora no puedo conciliar el sueño, estoy en el silencio permanente en que transcurre mi existencia mientras miro fijamente el techo. Suena el teléfono. Oigo la voz de Angelines “tu madre sigue en estado vegetal, será mejor internarla en un sanatorio. Los gastos se pagarán con el dinero del seguro del accidente”. ¡No! ¡Iván, María, estoy aquí! ¡Vengan por mí! ¿Por qué me hace esto? Prefiero estar muerta. ¿Por qué me deja vivir en esta agonía? Mejor que me mate ya, antes de privarme de mis hijos.

Mecedora. Hoy no hace tanto sol. Las moscas se posan sobre mí, ni siquiera puedo hacer algún movimiento para asustarlas. Tengo tanto tiempo sin ducharme y sin ponerme ropa limpia que las atraigo con mi olor nauseabundo y penetrante. Ayer tampoco me cambiaron la sonda. No he visto a mi madre en días. Creo que ya se ha pasado la hora de comer y sigo en la mecedora. Incluso el frío de la tarde penetra mis huesos. Me parece escuchar movimiento dentro de la casa, pero Angelines no se ha acercado a mí. Se hace de noche. Sigo en la mecedora, ¿me dejará aquí para siempre?
No sé qué hora sería, Angelines llegó por mí. Me tumbó en mi cama, tenía un semblante serio que nunca antes le había visto (y eso que no hago otra cosa que observarla). Al día siguiente, entró en mi habitación más temprano que de costumbre, me guío por la luz que veo a través de la persiana. “Qué asquerosa eres. La cosa más repugnante que he visto en mi vida”. Ducha. Ropa negra. Subimos al coche. ¿Sólo las dos? ¡Es que no piensa avisar a mis hermanos, a mis hijos que mi madre ha muerto! El médico, Angelines y yo en el cementerio. Mi madre ha muerto y con ella veo mi fin, mi fin en vida, porque Angelines me ha condenado a seguirla observando, a que sólo sea yo quien la haya descubierto.

lunes 13 de abril de 2009

¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AHORA?


Mi cara, la de todos los días, la que se transforma, la que se maquilla, la que sonríe falsamente, la que se deforma en la soledad. Desde que descubrí que era una gran mentira eso de que “los ojos son el espejo del alma” mi manera de manipular se fue convirtiendo en todo un arte. El poder trastoca todos los niveles, todas las áreas, todos los estratos, el poder es la fuente que controla, que hace girar el mundo. El poder que a todos ataca, a todos corrompe. El poder que absorbe los sentimientos, las sensaciones, casi podría afirmar que puede con todo, con todo menos con el absurdo en el que cae el ser humano cuando se enamora. Odio estas palabras, las odio porque me recuerdan a ti, al día en que me dejaste, al día en que descubrí que existía esa mujer que disipaba mi círculo de poder, que sin advertirlo me arrebataba el control sobre ti y hacía que todo mi cuerpo se petrificara con esa sensación insoportable de-no-tenerte que antes no conocía.

Antes que tu enamorada estaba yo y antes que yo estaba Eva con su nombre de primogénita, sus tacones altos y la boca pintada de colores chillantes que seguramente recuerdas más por las burlas que yo le hacía y que a ti te producían cefalea, que por el significado real que haya tenido en tu existencia. Todavía no tenía la oficina que tengo ahora, estaba dos plantas más abajo rodeada de escritorios, de gente mediocre, de gente que se levanta temprano y trabaja hasta el ocaso para comprarse una lavadora. Yo estaba ahí camuflada, en una misión detectivesca, en una etapa transitoria. Tomás, el de la izquierda, con su bigote, con su saco de cuadros, con su sonrisa ingenua, idiota. Carmen, a la derecha, entubada en minifaldas poco favorecedoras a la altiplanicie de sus caderas, pensando que era sincera, pensando que éramos iguales, pensando que seríamos amigas. Si te digo algo que tenga un halo de verdad no me queda más que confesarte que esos dos, con los que compartí más de un año de nueve de la mañana a ocho de la tarde todavía me producen náuseas.

Empezaste a salir con Eva en tu último año de preparatoria, tu primera novia. Lo has negado más de una vez pero estoy segura de que nunca antes habías besado con la lengua. Como te jodían mis comentarios irónicos acerca de tu tardía pérdida de la virginidad, o quizá te jodía más el hecho de que mi experiencia sexual te dejaba en amateur, aún después de Eva. Quizá odias la competencia viril, y yo que gozaba viéndote sufrir cuando después de hacer el amor ponía cara de insatisfacción, o de aburrimiento, o de tristeza, arderías en una inmensa caldera si supieras las carcajadas carnavalescas que había en mi interior y que si hubieras puesto más atención en el brillo de mis ojos alguna vez te habrías percatado. Pero no. Tratabas por todos los medios de llevarme al orgasmo. Tratabas de hacer finos movimientos dactilares, veinte, cuarenta minutos, “déjalo, amor, no hay problema” ¿te acuerdas? Tenías que desistir, y yo que no me quejaba de nada, yo con cara de “el sexo no importa si estamos juntos y nos queremos” acentuando la culpa que te perseguía, que me permitía tenerte como una marioneta entre mis dedos. El desconocimiento masculino acerca del orgasmo femenino tiene tantas ventajas como desventajas, nunca te dabas cuenta de que yo me venía mucho antes que tú. El único sonido que hay en medio de este silencio es la risa del carnaval. Bienvenidos a la montaña rusa de Ana Laura.

¿La hipocresía es cultural? No puedo recordar el momento exacto en que aprendí a disimular todas y cada una de mis emociones. Sí, a manipular. Dicen que tengo una memoria fotográfica, yo más bien la llamo “memoria selectiva”: integro, desintegro, hago y deshago mis valijas de recuerdos como me da la gana y muchas otras las mando al olvido. Ni los remordimientos, ni la culpabilidad existen en mi vocabulario La culpa es como una hermana gemela envidiosa, como la tía amargada por su soltería, como la anciana desmemoriada, como la piel de limón, como la caries, como las arrugas, como las llagas, como las costras con pus, como los fuegos en la boca. La culpa, mejor no llevarla a cuestas. Sí, tenía cuatro años cuando me di cuenta de que era más fácil manipular a mi padre que a mi madre. Una vez adquirido el control de ese hombre que me concibió, mi conejillo de indias fue mi hermano mayor. Entre los recuerdos que tengo enterrados está aquel día en que me dijo que “le deshice la vida”, ¿se puede deshacer una vida? Se puede. En mi infancia me descalabré, me rompí el brazo, me abrí la boca, me sacaron las muelas, me operaron de las anginas, se me marcó la varicela en la piel, me abrieron las piernas y me deshicieron.

Así es la era cibernética, el gran monstruo, Satanás dosificado en la red, adicciones, perversiones, información a un click de distancia, control, lo que más me embriaga. Sentada frente a la computadora veo todo lo que haces, con quien te relacionas, quien te escribe mensajes, fotos de tus fiestas, de las de los otros, de las de los otros de los otros de los otros. Sin peluca, lentes, gabardina, coche alquilado, sin pagar detective, sin la cámara fotográfica a distancia. Sentada frente a la computadora puedo perseguirte a cualquier hora del día, y sin necesidad de mucha actividad física… te controlo por tus adicciones, pudiste haber elegido pero no lo hiciste. Y te equivocaste cuando desperté aquella mañana y habías cambiado tu estatus: “Mateo pasó de soltero a estar en una relación” enardecí, no habían pasado ni dos meses desde que rompimos. Los llamados “un tiempo” siempre son una estafa, o estás con alguien o no estás, necesitar tiempo en una época donde no lo hay, necesitar tiempo es no estar. Con Eva fue distinto, ustedes estaban juntos cuando yo te conocí, Eva ocupaba el puesto que yo tengo ahora, claro, la novia del hijo del jefe. Y tu padre, cavilando con la ingenuidad masculina, y yo con la única genialidad que me otorga el haberme hecho de un buen número de palabras. Desde niña, el vocabulario perfecto podía dar grandes resultados. Mi hermano tan visceral, llorando por cualquier cosa, dando de gritos, terminaba por desquiciar a mi padre. Desde entonces supe aprovechar el momento. Yo acompañada por mi mejor vestido, “ya hice la tarea”, yo con la blusa celeste, “no sé porqué grita tanto mi hermano, papito te va doler la cabeza” masajito en los hombros y enseguida “¿puedo ir con mis amiguitas?”. Ensayos, ensayos de lo que sería la vida real, ensayos del buen distinguir, ensayos de triunfo. Y sigo sin poder olvidar tus palabras en aquella funesta discusión “eres una oportunista”, ¡imbécil! no sabes ni el significado de esa palabra o ¿acaso está mal buscar oportunidades? Sí, yo deconstruí la imagen que tenía tu padre de Eva, sí, yo la difamé, yo fabriqué pruebas falsas de una supuesta infidelidad hacia ti, al ojo derecho del jefe y sí, yo me quedé con su trabajo. Subí las dos plantas que tanto me molestaban, dejé atrás a todos los Tomases y las Cármenes que nunca se cuestionarán acerca de mi nuevo puesto, ocupé la oficina de la ventana, la llené de plantas interiores y te convencí de que querías estar conmigo.

Odio necesitar del sexo, distraerme pensando fantasía eróticas, odio desear tener dentro el sexo de un hombre, odio no poder concentrarme por la humedad que desprende mi cuerpo. No siempre fue así. Mis deseos adolescentes no llegaron naturalmente. Fui despojada de la inocencia antes de tiempo, tan violentamente que se aceleraron mis instintos de supervivencia. No soy ni nunca he sido de las que se ponen a llorar. No soy ni seré una mujer derrotada, sacudida, víctima, débil, quebradiza. Julio Valdés, profesor de geometría analítica. Ecuaciones complicadas, es la x y la y, los vectores, la suma de los cuadrados, trae la tarea, te repongo el examen, ¿te quedas a estudiar en el recreo?, doy clases particulares para alumnos que van atrasados, ven a mi casa, cuéntame de ti, ¿tienes novio?, muchas de tu edad ya lo hicieron… (¿Lo qué?) Nunca más volveré a ser tan estúpida. Incluso le agradezco que me arrebatara la decisión de la primera vez que ahora considero ingenuidades de púberas. Reconozco a la ambición fungiendo de titiritero, yo tenía que aprobar y creía que podía portarme con todos los hombres como con mi padre y con mi hermano. En esos años aún creía que el coqueteo no tendría consecuencias, que se podía guiñar el ojo a un hombre sin tener que terminar en su cama, saciando sus instintos, asquerosos, irracionales, tan irracionales como el odio que le tengo a los días en que necesito sexo. Julio Valdés me tiró en el suelo, me arrancó la ropa interior y sin ningún preámbulo se internó en mi cuerpo, desgarrándolo. No quiero parecer una víctima, gracias a ese hombre nunca volví a ser la misma, erradiqué mi debilidad, me dio la primera estocada regalándome la estrategia perfecta para coronarme vencedora en las batallas.

Cómo recuerdo aquella anécdota que escuché detrás de la puerta de la cocina de mi casa, una amiga de mi madre le contaba que había descubierto la infidelidad de su marido, lo siguió con un coche prestado, con una peluca, con unos lentes oscuros, se lo contaba en tono confesional, son de esas cosas que estamos seguros que sólo pasan en las telenovelas o en las producciones de cine baratas, aunque pensándolo bien, la ficción tendrá que tomar sus elementos de algún lado. Desde que terminamos tuve la necesidad de vigilarte, de saber de ti, no quiero decir que me doliera, ni quiero insinuar que la culpa había sido mía, tu debilidad no es culpa mía. Lo único que me tomó por sorpresa es que tú tomaras una decisión semejante, creí que eras completamente mío, creí que tu amor por mí te mantendría doblegado. Tenía que encontrar una manera de no perderte de vista que no fuera la peluca y los lentes. Así nació Arancha Suárez, la foto, una colombiana que anuncia jabones por internet (nadie hace caso a esas páginas) retocada en photoshop. Información: religión liberal, graduada de arquitectura, pasatiempo ir al cine, jugar voleibol, fan de Gustavo Cerati y de aplastar burbujitas de plástico. Totalmente inofensiva. Debo reconocer la belleza de los ojos de Arancha, negros como el ébano. Sabía que Gonzalo, tu mejor amigo no podría resistirse a aceptarme como amiga cibernética, de ahí a Rodolfo había un paso, para cuando te pedí a ti ser amigos virtuales ya teníamos ocho amigos en común, no me rechazarías, ni siquiera te preguntarías cómo llegué a ti, darías por hecho que soy la amiga de todos. Arancha, a diferencia de mí, es dulce, comprensiva, manda flores y bombones cibernéticos, escribe mensajes en los cumpleaños, su gentileza y su amabilidad ponen un límite a los posibles interrogatorios, es mejor admirar la belleza de su rostro a través de la pantalla de la computadora. Arancha te invitaba a hacer encuestas, luego un mensaje tras bambalinas al que tú respondiste, la correspondencia había empezado. “¿De dónde nos conocemos?”, “del cumpleaños de Rodolfo, ¿no te acuerdas?” “Claro que sí”, titubeando, seguramente. A una mujer hermosa no le vas a decir que la has olvidado ¿o sí? Mi intención era que Arancha te enamorara, primero tu confidente, Arancha tan linda, tan encantadora, en Arancha podías confiar, Arancha sabía resolver problemas, Arancha era sensible, Arancha no daba problemas, Arancha no agobiaba, Arancha no reclamaba, ¿por qué no habrías de enamorarte? Así, de alguna manera, seguirías siendo mío y sobre todo, podía asegurarme de que no salieras con nadie más. Me enteraba de tu vida aún cuando no eres muy fan de colgar fotos, otros lo hacen por ti tarde o temprano. Me divertía jugando a ser un dios que observa, se ríe, se diluye y se expande en la fibra óptica. Plan que salía a la perfección hasta el día en que cambiaste tu estado de “soltero a estar en una relación”. Entonces empecé a obsesionarme, parte de mi capacidad de control radica en la frialdad para tomar decisiones, para trazar rutas, pero saberte en brazos de otra me descolocó. Mi día empezó a girar en torno al monitor, a la insoportable espera, las noticias directas tuyas que cada vez eran más espaciadas, después de todo, ¿quién era Arancha en tu vida? Esperar y esperar a que se colgaran fotos, esperar a que esa nueva mujer me aceptara de amiga, investigarla, tratar de ser amiga de sus amigas, toda la información, todos los estatus, todas las fotos. Si Arancha no era capaz de provocar peleas y rupturas entre ustedes yo sí, ya lo había hecho con Eva, la alejé de ti, la eché de la oficina, la hice desaparecer, ¿por qué no podría hacer lo mismo? Tenía todos los elementos a mi disposición, lo primero, hacerme con una foto del perfil de tu novia, Ana; lo segundo, otra vez el photoshop; lo siguiente, el modelo chileno que anuncia navajas de afeitar; resultado, fotomontaje, ¿quién colgaría las fotos? Arancha no, ella era amiga de todos y enviaba tarjetas virtuales con buenos deseos. Comencé a estudiar las páginas de toda la red de amigos que tenían que ver contigo y con Ana, los test que contestaban, los regalos que recibían, los grupos a los que pertenecían. Ya para entonces había vuelto a mis cabales, debía concentrarme en dibujar un mapa, la angustia del vacío es para los débiles, yo sólo debía terminar con tu nueva relación. Las fotos que colgaban los otros los hacían parecer felices, los colocaban en distintos escenarios mientras mi vida se iba haciendo cada vez más sedentaria por el imán que ejerce el teclado sobre mis dedos, cada dos minutos reactualizaba la página intentado apropiarme de algo nuevo que me diera datos sobre ustedes. Minutos con suerte, horas despobladas de indicios. Lo mejor que encontré fue un evento al que pensaba asistir un 80% del total de los amigos de Ana y de tus amigos. Sí, yo sólo tendría que ir a la fiesta de la espuma, tomar fotos del lugar, sacarla a ella y a través de la página del lugar donde era la fiesta, podría colgar las fotos, la prueba de la infidelidad, sólo tenía que asegurarme de que tú la dejaras plantada para que tuvieras un antecedente de que ella te estaría odiando, y qué mejor que una fiesta para encontrarse a un Adonis que darías por hecho que es mucho mejor que tú, al menos, visualmente. Pero detenerte no podía ser una más de mis esperas frente a la pantalla, tenía que salir del mundo virtual para impedirte el paso en el último minuto.

Me acordé de mi hermano, una niñez en la que éramos él y yo principalmente. Yo no disfrutaba de los juegos en común, compartir era una tortura, competir un absurdo. Lo único que me hacía feliz era verlo sufrir. Lo primero que recuerdo es echarle la culpa de haberse comido las galletas prohibidas por mi madre, de haber tirado el helado en la alfombra nueva o de pintar la pared del estudio de mi papá. Pero después, empecé a perder el gusto por los regaños maternales, a fin de cuentas, eran cosas sustituibles, reparables. Por eso empecé a morderme, a pegarme fuerte hasta dejarme moretones, a rasguñarme hasta sacarme sangre. La violencia de mi padre se volvió una constante para la vida de mi hermano hasta el momento en que lo internaron en la escuela militar. Él cree que le destrocé la vida. Yo no me inmuto ante ese comentario. La culpa es de los mediocres.

Quizá lo único herido fue mi orgullo que quedó como aplanado por las rocas que se derrumban en mitad de alguna carretera. Desde que te vi me obsesioné contigo, el hijo del dueño de la compañía, la mejor manera de ascender, la ambición convertida en deseo. Pero era también esa ingenuidad de tu sonrisa la que me movía a querer apresarte, poseerte, esclavizarte, tatuarte con mi saliva, crearte adicción por mi piel. Y luego me dediqué a destruirte, a chantajearte, a minimizarte, a hundir la nave en la que me había subido yo también. No te amo, nunca te amé, no hubo dolor ante tu partida, ni ante la conciencia de esa otra mujer, la que te hace sonreír mientras te dejas contener en una fotografía, tu felicidad no me lacera, imaginar tu cuerpo dentro de otro cuerpo no es como llagas incurables que pueblan mi lengua, mi estómago, un rotundo no, ya he dicho antes que no soy de las que lloran, de las que se acobardan y se sumergen en la ola de los vínculos. Nada me ata emocionalmente, aún cuando internamente pensar en tu ausencia me cause punzadas en el vientre.

Día del evento, ¿por qué me lo ponían tan fácil? Ella escribiendo en la pared de los mensajes la hora a la que debían encontrarse en la fiesta de la espuma. Yo estaba preparada, querido mío, conozco tus cálculos, la hora en la que saldrías. Dos minutos antes sonó tu celular, no más Arancha Suárez, te marqué de una cabina telefónica porque hace tiempo que decidiste borrar mi número de tus contactos. Yo, era yo, “soy Ana Laura, tengo un problema, me asaltaron, ven por mí, no puedes dejarme aquí, me tiraré a la calle, mejor sería morir arrollada por el metro bus”… Tú no odias como yo, tú muestras debilidad y por eso no logras tomar la distancia que quisieras. Te apuesto que una parte de ti quería resistirse embargado por la intuición de que no deberías haber ido por mí tú solo, que debiste haberle avisado a Ana que no llegarías. Pero no lo hiciste, manejaste hasta la dirección que te di, al otro extremo de la fiesta de la espuma. Y mientras, yo entré a la fiesta, al final recurrí inevitablemente a la peluca, pero no a los lentes, ni a la gabardina, tomé fotos, tantas fotos mientras mi celular enloquecía en tu intento desesperado de una respuesta. “Entendiste mal, esa no es la calle, pero estoy ya cerca de mi casa, me siento mal, muy mal”. Sabía que mis palabras y mi forma de decirlas te asfixiarían tanto como para no querer tomar el camino hacia la fiesta de la espuma, tanto como para irte a casa y lamentarte el haberme conocido. Hasta la medianoche en photoshop, el trabajo de una artista: Arancha y sus bellos ojos bailando, atrás de ella dos desconocidos, (nadie suele toparse de frente en una fiesta con música electrónica y luces neón), Ana y el modelo chileno, en algunas fotos bailando, en otras los labios de él en el cuello de ella, la pierna de él entre la de ella, alguien sube las fotos, etiqueta a todos… Te conozco, no ibas a perdonarla, días después pasaste de “estar en una relación a soltero”, Arancha te escribió para consolarte pero nunca respondiste a sus mensajes, Arancha te envió flores virtuales pero ni siquiera las aceptaste. Arancha dejaba de servirme, era mejor que Ana Laura te llamara, abusara nuevamente de tu fragilidad, de tu miedo a la soledad, de tu necesidad fisiológica de dormir desnudo con una mujer los fines de semana. “Ni loco volveré a meterme en tu cama, ni muerto volvería contigo, mi padre no sabe quién eres, pero yo hablaré con él ya estoy harto de ver como lo manejas, como te apropias de lo que tanto le ha costado”. Sigue soñando, sé que llegarás a mi escritorio, sé que espiarás mi computadora, sé que abrirás mis archivos, absorto en la necesidad de conocer sus contenidos, y será en el momento en que me leas en el que también sabrás que nunca vas a librarte de mí.

martes 26 de febrero de 2008

LA NOCHE LES PERTENECE

Tenía todo preparado para la mudanza. No necesitaba llevar conmigo demasiadas cosas. Una maleta con ropa de abrigo, suéteres, alguna bufanda y muchos calcetines y ropa interior para no tener que lavar muy seguido. Iba a cruzar el Atlántico por primera vez, iba a mudarme a un pueblo de México. Lo más importante era llevar mis libros, mi computadora, una libreta, un par de bolígrafos para continuar con mi investigación. Afortunadamente, nada de muebles, nada de meter en cajas. La casa podía quedar intacta, cerrada, mi hermano se encargaría de alquilarla si hacía falta, aunque yo llevaba mis gastos cubiertos gracias a una beca doctoral.

“Volar me sienta un poco mal” empecé a pensar, mientras habían transcurrido ya cinco horas y la cabeza no hacía mas que darme vueltas. Dormitaba sin alcanzar un sueño profundo, me angustiaba la imagen de un hombre ¿maquillado? o era una máscara, nada más incierto que esa mezcla entre el mareo, las pastillas para dormir y la copa de vino. ¡Al fin tierra! Primero una impresionante ciudad, una Megalópolis cuya imagen superaba cualquiera de mis expectativas. Después de las aduanas, la recogida de maletas y un poco de agua en el baño para intentar reponerme del viaje que me dejaba una sensación de pesadilla, casi como un mal sueño, me acerqué a la salida y un hombre moreno me esperaba con un cartel en la mano: Sr. Richard Newton, ese era yo.

De camino, no podía dejar de observar la carretera, todo era tan diferente a los parajes que solía ver en las ventanas de los trenes en Londres. “Esto es México”. Recorrimos bastantes horas hasta que llegamos al pueblo. Don Alfonso, era un chofer enviado de la universidad, me llevó hasta la casa que habría de ocupar, era más grande de lo que hubiera imaginado, necesitado, mi piso entero cabía en una habitación. Era de madera, bastante rústica, algo descuidada pero suficiente para los fines que yo tenía propuestos.

Algo de insomnio, el cambio de horario, no sé cuánto tiempo pasé sin dormir, nervioso, alterado por el café que había adquirido esa mañana en el pueblo, ¿cuántos días habrán pasado? Quizá sólo sean horas. Inestable. Recorriendo la casa, ahora no parece tan grande la sala, mis pies la surcan. No quiero mirarme al espejo, la última imagen que obtuve de mí mismo hacía ver mis ojos casi bañados de sangre, me siento mal, tengo que dormir, tomaré otra pastilla…

Abrí los ojos, desconocí, me llevó tiempo darme cuenta que Londres había quedado muy atrás. Decidí darme una ducha, no hace tanto frío como yo pensaba, bastará con el suéter de rayas. Caminé, ¡qué lugar! Hay una tienda, una panadería, un lugar para comprar frutas y verduras, uno solo, un solo comercio de cada cosa. Tengo que hablar con la gente, tengo que completar mi tesis sobre Estudios culturales Latinoamericanos. Nada mejor que lo empírico. Todos me miran, por primera vez adquiero conciencia de mi ser de extranjero, soy diferente hasta en el color de piel, pero a fin de cuentas, necesito comer tanto como ellos. Estoy un poco aturdido. Miro una caseta donde venden periódicos y me doy cuenta de que he dormido dos días, cuarenta y ocho horas sin parar, las noticias no me interesan. Entro en la tienda. Una mujer de largas trenzas me recibe. Tomo lo indispensable, me hace preguntas, “¿está de visita?”, “no, me quedaré a vivir un tiempo”. “¿Por qué? Nadie que no haya nacido en Tenancingo quiere vivir aquí”, “me interesa, necesito un lugar tranquilo, escribo”, ¿hace historias?” “No exactamente, retrato lo que veo, eso es todo”. Una vez que había pagado algunas cosas necesarias para mi supervivencia, salí de la tienda. La mujer se apresuró a alcanzarme y me dijo: “usted me cae bien, no salga de noche”. Se metió tan rápido en la tienda que hubiera jurado que desapareció.

La vida en el pueblo gira alrededor de una plaza, con el quiosco al centro, es un sitio colorido. Sólo quiero observar lo que ya he leído en los libros, ya sé lo que tengo que escribir. Regreso a casa, ¿a casa?, me siento frente a la computadora. No logro concentrarme así que saco uno de mis ficheros y me dedico a pasar citas como un autómata. Se acerca la hora de dormir. Ha entrado un mosquito, un mosquito que me aturde y que empieza a inquietarme porque no logro aprisionarlo en las palmas de mis manos, debería haber adquirido eso que llaman “matamoscas”. Paso horas persiguiendo al mosquito, tanto que ahora no puedo conciliar el sueño, ¡insomnio, no, otra vez! Trato de aprovechar la ausencia de sueño para redactar, ni una frase en claro, ya no quiero pasar citas. Me dispongo a leer en el sillón azul estridente mientras me viene a la mente la mujer de las trenzas, sus últimas palabras, tengo que salir en medio de la oscuridad.

Silencio. Demasiada calma. Todo cerrado en las tiendas alrededor del quiosco. Quizá deba caminar un poco, o tal vez deba regresar a casa haciendo caso de las palabras de la mujer, pero yo nunca he sido supersticioso, se referirá a la inseguridad de la que hacen alarde en este país, será eso seguramente. Camino sin resultados, las calles comienzan a tener el piso de tierra, tierra que envuelve la suela de mis tenis, se me dificulta el andar. A lo lejos una luz, pasando la esquina. Decido asomarme sin dar vuelta a la calle. Una revelación: mujeres, maquilladas como para un carnaval. Sopla el viento y parecen no darse cuenta por la minúscula ropa que llevan puesta, hay hombres también, pelucas, pestañas postizas, son muchos. No puedo ver bien, está oscuro, hoy no tengo ganas de pagar por esto, pero me ha parecido ver a la mujer de las trenzas, sólo que las ha desbaratado y su largo pelo le rebasa la cintura, es lo único que puedo ver. Será mejor que tome otra pastilla.

Abro los ojos, desconozco, ¿es esta mi nueva rutina? Me duele la cabeza, intento recordar, ¿habrá sido un sueño? Tengo que salir, debería escribir un poco pero prefiero investigar, investigar en la calle, entrevistar gente. Mi primera parada la tienda, la mujer de las trenzas, hoy no está ella, está una mujer mayor, quizá su madre. Me salgo, voy a donde los periódicos, el hombre me mira, le devuelvo la mirada porque creo haberlo visto antes, pero no en los periódicos, antes pero diferente. No obtengo resultados, sigo siendo un extranjero, un extraño. Regreso a casa, al fin tengo Internet. Reviso mi Bandeja de entrada, menos mal, Carlos Castaño vendrá, vendrá mañana, el doctor de la universidad que se encargó de gestionar mi estancia en Tenancingo.

- Carlos, me alegro de verte.

- Richard, ¿qué te ha pasado? ¡vaya cara que tienes! ¿y esas ojeras?

- No puedo dormir, o duermo demasiado, ya no estoy seguro. Sólo sé que en este pueblo suceden cosas extrañas.

- Es normal que todo te parezca extraño, jamás habías estado en nuestro país y probablemente…

- ¡Te digo que no! Son realmente extraños, la gente camina por las calles en el día como si fueran zombies.

- Creí que eras un escéptico, un sociólogo.

- Claro que sí, lo digo metafóricamente. La gente hace una extraña vida nocturna.

- Lo que necesitas es descansar. Si prefieres irte de aquí, yo lo arreglaré todo.

- No, quizá tengas razón.

Quería decirle a Carlos lo que había visto, ya habían sido muchas las noches que había estado parado en aquella esquina, observando aquel aquelarre. Dirigiendo las operaciones había un hombre con una máscara, ¿o lo había soñado? A veces camino dormido, así me siento, el efecto de las pastillas… pero si dejo de tomarlas, el insoportable insomnio hace su aparición. Me estoy volviendo también nocturno. No logro concentrarme, tengo páginas y páginas de citas y no he logrado escribir una sola línea. Las pocas noches que concilio el sueño, ¿o los días? me sorprendo cuando despierto y encuentro anotaciones, pero no en la computadora, en el cuaderno, cosas que escribo, cosas que veo. Estoy decidido a hablar con la mujer de las trenzas, es la única persona que ha sido amable conmigo, es también la que se transforma por las noches en una mujer escondida tras el maquillaje, con el pelo suelto, tan largo como corto es el vestido que lleva puesto: unas veces rojo, otras con extraños estampados, azul eléctrico… es ella estoy casi seguro. No sé porqué no me atreví a decirle nada al Dr. Castaño, por primera vez temo que me llame “loco”.

Diez de la mañana, menos mal que el reloj de la computadora mide el tiempo por sí solo. Salgo a la tienda, gracias a la computadora también sé que es miércoles y los miércoles está mi niña de las trenzas (ahora la llamo “mi niña”, es la soledad, no quiero obsesionarme).

- Estela.

- Hola gringuito, ya anda por aquí otra vez. Creo que la comida de acá no le está haciendo bien, cada día está más flacucho, se veía mejor cuando llegó.

- Estela, he salido de noche.

- Gringuito, ¿qué no me he cansado de repetírselo? ¡Le advertí que no saliera de noche!

- Estela, te he visto a ti, aunque te ves mucho mayor, he visto a la otra mujer que atiende, he visto al de los periódicos, ¡los he visto a todos!

- ¡Cállese! Usted no sabe nada, será mejor que se largue de aquí, gringuito, que se lo va a cargar la chingada.

- Pero, ¿qué de qué se trata?

- Ustedes los gringos creen que todo es dinero. El brujo es nuestro padre y él nos dice qué hacer.

- ¿Qué brujo? ¿el hombre de la máscara? ¿existe, entonces?

- Ay gringuito, ni aunque quisieras, podrías entender. Ahora será mejor que te vayas.

Estela, adorada, ojos de ángel, en mis horas de lucidez, de angustia, de insomnio, no hago mas que pensar en ella. Cada noche he ido descubriendo algo, cada noche de insomnio porque si no duermo por dos días enteros, eso creo, ya no estoy seguro. A veces no me acuerdo, pero lo escribo en mi libreta, la letra me queda mal y escueta, legible y en español. He descubierto una red de prostitución. Veo coches que no son del pueblo, gente muy joven, disfrazados por las calles vendiendo sus cuerpos a los conductores. El hombre de la máscara lo dirige todo. He descubierto también donde lo he visto, lo soñé, lo soñé en el avión. Creo entender que bajo el estatus de brujo, la gente del pueblo hace lo que él quiere, seguro que sólo él recibe dinero, ahora sí tengo que denunciarlo, hay que tener cuidado, las autoridades aquí parecen saberlo todo. Debo decírselo a Carlos, él podrá hacer algo, yo no conozco a nadie, me llaman el gringuito, la gente me mira con desconfianza. Y mi Estela, mi pequeña Estela, me gustaría llevármela lejos.

Una noche más, sin dormir, podría tomar una pastilla, decido salir. Soy nocturno pero no me vendo. Otra vez en la esquina que no me atrevo a cruzar. Hoy intenté comunicarme con Carlos sin éxito. Ahí está Estela, es ella con su vestido azul, prefiero sus trenzas. El hombre enmascarado, se acerca a Estela, la toma del brazo, ella parece resistirse, la jalonea, no puedo permitirlo. Salgo del anonimato de la esquina, me acerco a ellos, “suéltala”, me miran con desconcierto. Los ojos penetrantes a través de la máscara. “Gringuito, te dije que no vinieras, te dije que no salieras”, “Estela, ven conmigo, nos iremos muy lejos”. Dos hombres me toman por el brazo, los esquivo, no soy fuerte pero logro zafarme. El hombre de la máscara salta hacia mí, forcejeamos, alrededor parece que nadie se da cuenta, o nadie interviene. Le arranco la máscara. Caos absoluto, me reflejo en sus ojos, lo reconozco, estoy perdido, este es el hombre que creí que iba a ayudarme, un golpe que me dejó en la inconsciencia, de hecho, aún no sé cómo desperté en mi departamento en Inglaterra.

viernes 14 de diciembre de 2007

Para Charlie, en su cumpleaños

Querido mío,

Podría empezar diciéndote que en un día tan especial como hoy, naciste tú. Podría también hacerte una típica postal de cumpleaños deséandote lo mejor "hoy y siempre", que te lo pases genial y que festejes un poquito pensando en mí, en mí que te echo tanto de menos, en los calcetines que te regalo cada año (prometo enviarlos con Aurora), en mí que pienso en ti todos los días, que tengo tan vivo el recuerdo de tu sonrisa que cuando aparece ilumina tus hermosos ojos.
Pero también puedo decirte que eres un hermano para mí, de los verdaderos, de los que se escogen (no de los que se imponen jaja), que eres un hombre increíble, definitivamente irreemplazable, insustituible, y que sueño con volverte a ver.
Desde este lado del Atlántico te abrazo, mi vida, y te mando todo mi amor.


CONTRARRELOJ

Otra vez la página en blanco,
la página que me persigue,
la página que me atormenta,
tan blanca como los fantasmas que me dan vueltas.
No me puedo cambiar por otra.
Me siento detenida frente al abismo,
el abismo que se traduce en la imposibilidad de controlar el tiempo,
el tiempo que me devora,
que me supera,
que me muestra lo peor de mi existencia.
Lo único que persiste
son mis ganas de huir
de hundirme en una niebla
tan espesa que se vuelva camaleónica
y me deje escapar.

miércoles 14 de noviembre de 2007

El extranjero interior

Casi recién llegada al lugar donde nací, la génesis, el origen, los inicios, después de una larga temporada en el extranjero. Un millón de imágenes me vienen a la cabeza como fotografías, me recuerdan las pantallas del view master cuando veía con mi hermano una y otra vez a Mickey Mouse. Pero sobre todo recuerdo cuando salí, tantas nostalgias, tantas ilusiones, una vida nueva, otras calles, otra cultura, ¿encontraré el mismo producto del pelo?... todo lo que imaginaba, todo lo que me preguntaba en aquellos momentos se quedó corto frente a lo que se convirtió en mi realidad por poco más de seis años.
Madrid, que no diría de una ciudad tan mágica, que te atrapa y te enamora, que te hace sufrir con sus duros inviernos, pero que te compensa todo en un verano que no duerme. De la Gran Vía a la Puerta del Sol, bajando a Ópera, y subiendo a la Plaza Mayor, caminando hacia Sol nuevamente, girar a la derecha hasta la Plaza Santa Ana mientras te tomas una caña en cualquiera de las terrazas llenas de gente, de turistas, de razas diversas. Aunque nada como pararse justo enfrente de la Cibeles y mirar la Puerta de Alcalá y el ritmo imparable de la Castellana.
No dejo de pensar en el momento en que me fui de casa, haciendo las maletas, mis padres tristes, mi mejor amiga y hasta un novio que tenía y que me dolía mucho dejar. Aterrizar en Barajas, un gusanito que me calaba en mi interior ante la expectativa de una nueva vida, de pronto me convertía en la extranjera, la mexicana, al fin y al cabo todos hablamos el mismo idioma: primer encuentro de culturas, las palabras, las formas tan diferentes te hacen ver que sí eres un completo extranjero, que no hablas como ellos, que no eres “de toda la vida”. Habituarte a la ciudad, orientarte, saber usa el metro y los autobuses (no es camión), llevar un móvil en lugar de un celular, comer patatas en lugar de papas, ir a la piscina con bañador (alberca suena arcaico) y un “jolín” de vez en cuando, se empiezan a dar paralelamente en una transformación que puede ser difícil en un principio y que sin darte cuenta se va haciendo entrañable, parte de ti como antes era comer tortilla de maíz en lugar de tortilla de patatas.
¿Qué significa ser extranjero? Según el diccionario de la Real Academia Española, extranjero viene del francés estrangier y quiere decir; 1. adj. Que es o viene de país de otra soberanía. 2. adj. Natural de una nación con respecto a los naturales de cualquier otra. U. m. c. s. 3. m. Toda nación que no es la propia. Pero ¿qué significa en realidad ser extranjero? Creo que, en primer lugar, depende de las circunstancias por las que te vayas a otro país. Seguro que no fue lo mismo para mi abuela que vino como refugiada cuando la Guerra Civil a México, que para mí que fui a España a estudiar el doctorado. Seguro que no. Hablar con mi abuela al respecto me costó muchos años de existencia, ella perdió hasta el acento y se adaptó a nuestra cultura mexicana de una manera para mí impresionante, para ella, después de haber vagado por toda España, de haber perdido a su familia, de encontrarse sola en un campo de concentración en Francia, México era una esperanza de vida, ¿cómo no adaptarse a todo lo que la vida le preparaba?, mi abuelo, los hijos, vivir en el rancho, terminar en Tlaxcala… Todo un ejemplo de fortaleza, de constancia, de entereza.
Para mí fue distinto. Empecé la vida en Madrid como quien inicia la preparación de su fiesta de graduación. Maravillada con los monumentos, las calles, la comida… analizando cada detalle, todo es diferente, incluso creo que tenemos la idea de que hay más cosas en común, y sin embargo, no dejamos de sentirnos extranjeros, a pesar de que la adaptación no es tan terrible, sí suelen acompañarte sentimientos como la soledad, la nostalgia, la melancolía, el “no pertenezco”. Y luego poco a poco y día con día, Madrid es una ciudad que atrapa, al menos mi grupo de amigos mexicanos afincados allá y mi experiencia propia, coincidimos en que la capital de la Puerta del sol, enamora. Y como cualquier amor, es difícil de dejar, imposible de olvidar, eternamente entrañable.
¿Y el regreso? No me queda claro si llamarlo de esa manera, la readaptación se acompaña del recuerdo, de lo que ya no eres, de lo que quieres ser, sin estar seguro de lo que eres ahora, un poco más complicado. Desde niña solía escribir diarios, de pronto, me encuentro en mi cuarto de la infancia y no me atrevo a abrir ninguno, no quiero saber quien era, ni qué pensaba, ni con qué soñaba porque creo que el resultado de mi existencia es completamente distinto a lo que voy a encontrar ahí. Prefiero quedarme con la persona que soy ahora, empezar con mis nuevas perspectivas, seguir rellenando hojas enteras con la fecha actual y cuando mi entorno vuelva a ser parte de mí, y cuando me sienta “parte de” supongo que me atreveré a leerme, poco a poco, un día, lo que escribí a los 10 años, y otro, lo que escribí a los 16, y entonces, sabré exactamente qué ha pasado a través de mi tiempo.